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No nos moverán [del sillón]  (Imagen: Sergio Jiménez (Soobculture))

(Imagen: Sergio Jiménez (Soobculture))

1916, dadá. 1957, situacionismo. 1977, punk… ¿Y ahora qué? ¿Punk 2.0? ¿Un buen sillón para ser testigos de la crisis sin derecho a intervención? Mientras las editoriales españolas editan manuales sobre la revolución por venir y la música se mira el ombligo, encuestamos a escritores, artistas, teóricos… ¿Cuál será la próxima revuelta?

En Estados Unidos hay más presos que campesinos. Casi la mitad de los españoles no han leído un libro en su vida. Un tercio afirma «sentirse perdido» sin la televisión. El asesor mundial más competente en pacificación urbana es el Ejército de Israel. Uno de cada dos jóvenes practica la borrachera extrema una vez por semana. Entre los adultos, dos de cada diez están enganchados a los tranquilizantes…

La política rebajada a trapicheo y desierto moral, ofreciendo un diálogo falso. La cultura sintetizada en pasarela de moda. El Espectáculo y su golpe maestro: la difusión planetaria y en tiempo presente de la Tontería. El ciudadano atenuado hasta ser compatible con el Imperio. Teme a tu vecino como a ti mismo. Ejerce el derecho de permanecer a una distancia segura del otro.

Mientras tanto, la vida desfallece y ya no somos los mismos. Nos castraron y ahora nos arruinan. En Francia, los babylosers (bebés perdedores), hijos de la generación de Mayo del 68, han visto que el paro entre los licenciados universitarios asciende hasta el 30%. En Grecia, el salario medio entre los jóvenes es de 700 euros. En Alemania la clase media está evaporándose: en 2000 era el 62% de la población; ahora, el 54%; en 2020, según calculan, andará por el 50%. En EE UU ven venir el mismo fenómeno y Obama ha creado la Middle Class Task Force.

En España, donde 20 de cada 100 parados tienen menos de 25 años, la situación es parecida o peor. El sueldo medio anual era de 16.700 euros en 1995. Para sobrellevar la inflación de la última década, debería ser ahora de 24.000. ¿La realidad? La mitad de los españoles gana menos de 15.760 euros al año y el 70% está endeudado. Algunos experimentan por primera vez el terror del vacío.

El filósofo esloveno Slavok žižek, el Elvis de la Teoría Cultural, adivina en la abstención y el silencio con que se responde a la crisis una redentora actitud similar a la de Bartleby, el personaje de Melville cuyo sereno lema, «preferiría no hacerlo», le conduce al desentendimiento y la muerte por inanición. Dice žižek: «Mejor no hacer nada que implicarse en actos localizados cuya función última es hacer funcionar más suavemente el sistema».

Algo parecido, pero más existencial (la vida misma entendida como «campo de batalla»), propone el filósofo catalán Santiago López Petit: «Nosotros no necesitamos para nada conocer la realidad. La verdad en la que habitamos —nuestra verdad— no se desprende de ningún conocimiento, sino de un sentimiento de rabia (…). El rechazo total del mundo coincide con el odio a la vida. Más concretamente: con el odio a mi propia vida».

¿Es el desapego lo que se tercia? ¿Es no hacer nada lo más violento que puede hacerse? O, al contrario, debemos pensar, como opinan los anónimos agitadores franceses del Comité Invisible, que «nada parece menos probable que una insurrección, pero nada resulta más necesario». O, como diría el siempre necesario Brecht: «¿Qué es el robo de un banco comparado con la fundación de un nuevo banco?».

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En Estados Unidos, el año 2006 parecía la Primavera de la Sublevación de los Inmigrantes. Por todo el país, millones de inmigrantes, fundamentalmente mexicanos, aunque no exclusivamente, tomaron las calles en un enérgico intento de hacerse ver, de hacer que se los considerara como parte de la población de los Estados Unidos. […] La causa de las protestas era el draconiano proyecto de inmigración presentado al Congreso. Este proyecto de ley crimininaliza a una ya explotada clase obrera, unos obreros sin los cuales el país sencillamente dejaría de funcionar.
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El mejor lugar para contemplar el paisaje económico, social, político y cultural al que se enfrentar los inmigrantes cuando tratan de entrar en Estados Unidos en busca de trabajo es el cementerio municipal de Holtville, California.
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Consideremos, entonces, el cementerio. Considerémoslo no (sólo) como un paisaje simbólico, un símbolo de todo aquello por lo que luchaban y a lo que se oponían esos inmigrantes que tomaron las calles, sino también como lo que verdaderamente es: un cementerio, un lugar donde se entierra a los muertos, el último lugar de descanso de lo que realmente puede llamarse trabajo muerto (Marx). Considerémoslo en su atroz materialidad: una tras otra, sus hileras e hileras de lápidas sin inscripción bajo cada una de las cuales yace un cuerpo desmoronándose en una «caja de aglomerado sellada con ocho clavos». Consideremos los cuerpos reales allí enterrados, el raspado de la uña excavadora abriendo otra tumba, el ruido sordo de la tierra cayendo sobre el barato ataúd. Considerémoslo bajo el sol abrasador, el incesante viento, las heladas noches. Consideremos los canales de irrigación que hay que atravesar a nado, los caminos a traves de la creosota y los mezquites, la loca huida de «la migra», las serpientes y las arañas. Consideremos a aquellos que no lo consiguen, que no llegan a una América donde podrían ganar lo suficiente para vivir. Consideremos a aquellos que sí lo consiguen, a aquellos que no han caído en esa sepultura, y el inmenso coste, físico y económico, que han soportado. Consideremos a las mujeres violadas por los «coyotes» a los que pagan para que las guíen y protejan al cruzar la frontera. Consideremos, para los que consiguen atravesar el desierto y llegar al primer apeadero, el largo trayecto al que tendrán que enfrentarse, en un container sellado o escondidos en un vagón de tren o en el doble fondo de un camión, cuando intentan llegar a Sacramento o a Soux Falls o a Savannah. Algunos de estos inmigrantes mueren o los matan en el trayecto. Otros se ven obligados a trabajar en condiciones casi de esclavitud al no llegar nunca a pagar la deuda adquirida para conseguir cruzar al otro lado de la frontera.

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Considerado bajo este punto de vista, el paisaje de muerte que atraviesa el desértico suelo de Holtville, jalonado por todas esas pequeñas lápidas, no es tanto, como señala el Times, la evidencia de «el grave problema de la inmigración ilegal y lo que supone para las regiones de ambos lados de la frontera», como la evidencia del éxito de la economía americana contemporánea. del orden neoliberal mundial del cual es una parte dominante, y de las políticas fronterizas que intentan mediar entre esta economía y ese orden. Mi objetivo es considerar este desértico cementerio en su total e impresionante materialidad; simplemente, considerarlo como un paisaje. De este modo, pretendo mostrar que no se trata de algo incidental en la economía política contemporánea o, quizá, posmoderna, y en el orden mundial, sino algo totalmente indicativo de ellos. Si tenemos que entender la producción social de paisajes, entonces tenemos que entender este cementerio, ya que en él podemos aprender mucho respecto a cómo se producen los paisajes contemporáneos y especialmente, para qué.

Don Mitchell