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Son cuatro cabezas equinas fáciles de reconocer ya que todavía hoy se pasean por la estepa mongol unos pocos caballos de Prezewalski, que no son sino sus descendientes. Se trata de animales paticortos, cabezones, de vientre prominente, pero insensibles al hielo y de inagotable fortaleza. Sin embargo, lo que sorprende en estas cuatro cabezas no es tan sólo la exactitud del trazo, la seguridad y elegancia de la curva que define la quijada, la perfecta proporción de orejas y ollares, sino, por encima de todo, los ojos.

[…] Prueba concluyente de nuestra frivolidad es que sin saber apenas nada sobre tan inquietantes imágenes, las hemos aceptado con toda normalidad. ¿Normal, la aparición de las imágenes en la vida del universo? ¿Y su perfección súbita, como si hubieran estado esperando detrás de un velo? ¿Su inescrutable función en una sociedad con poca necesidad de adorno y en el límite de la supervivencia?

[…]

Lo que es indudable es que en algún momento los humanos necesitaron (¿necesitamos?, ¿seguimos siendo humanos como ellos o hemos dejado ya atrás esa tan particularmente frágil condición?) y por lo tanto produjeron, imágenes. ¿Por qué, con qué finalidad? Ninguna hipótesis hasta ahora resiste el análisis. Sólo podemos aventurar que las imágenes nacieron (y nacieron perfectas) cuando los humanos sintieron la irresistible necesidad de ver hacia fuera, de manera que se convirtieron en “el punto de vista”, el lugar orográfico desde donde “se ve”. La aparición de las primeras imágenes inventa la visión (en absoluto lo contrario) como un instrumento ya propiamente técnico para ampliar nuestro cuerpo. La máquina de construir mundos posibles se había puesto en movimiento y gracias a ella el mundo obligatorio, aquel al que habíamos sido condenados (lo que más tarde llamarán El Edén) se convertía en un dominio controlado.

¿Qué sucedió hace 32.000 años para que una necesidad tan insensata se hiciera inevitable? Insisto: ¿qué necesidad era ésta que separaba con un hachazo inicuo (y para siempre) el ámbito que poco más tarde se llamará “Madre Tierra” o “Naturaleza” y los humanos capaces de representarla con imágenes desde fuera? ¿Y sucedió sin lucha? ¿Nadie se vio sacudido por el terror de lo que aquella separación ponía en marcha? ¿No hubo entonces humanos sensatos que se negaran a abandonar la tierra común? Nunca lo sabremos, pero podemos sospechar que la perfección de las imágenes rupestres esconden quizás cientos o miles de años de enfrentamiento e iconoclastia.

Representar caballos, bisontes, mamuts o cérvidos era rebajarlos de rango, reducirlos a unidades abstractas e intercambiables. Ya nunca más podríamos hablar de este caballo o aquel otro, entes tan perspicuos como tú y como yo. A partir de la primera imagen quedaba dominada la totalidad de los caballos y podía llegar Platón (29.500 años más tarde) para darles la definitiva patada que los elevaría al mundo de las Ideas, allí en donde se puede amar sin dolor.

Los humanos somos aquello que de nosotros dicen nuestras imágenes. La constelación de imágenes que determina nuestra inserción en el mundo es lo que marca inflexiblemente aquello que podemos ver y lo que para siempre será invisible. Tal es el rigor de la pérdida que habremos de concebir un empleo específico, con nombres diversos hasta llegar al de “artista”, para que alguien atisbe (o fantasee) más allá de lo que es imposible ver. Entre el niño que pudo ver bisontes y caballos en los muros de su hogar y aquel que nunca los vio, hay una separación inicua.

Félix de Azúa

El País, 13/09/2008

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¿el arte, comprometido?

Publicado: abril 29, 2008 de smercados en General

En el año del Señor de 1917, en un siglo de infausto recuerdo, el artista Marcel Duchamp colocó un urinario en el centro de la sala de un museo y estalló la revolución soviética.

Este „y” no pretende suponer un matiz causal. En los libros de historia no suele encontrarse el hecho de que Marcel Duchamp colocase un urinario en la sala de un museo entre las causas de la revolución comunista. Pero me gustaría suponer, por un momento, que sí. Mientras un montón de críticos desesperados se hacía cruces en esa sala de museo de París, los bolcheviques, para su asombro (el de los críticos y el de los propios bolcheviques) tomaban el poder. Al fin y al cabo, las relaciones causales se establecen como simples hipótesis cada vez que dos acontecimientos suceden muy seguidos y varias veces. Nadie podrá refutar esta conexión afirmando que la relación urinario expuesto – revolución no se ha repetido, porque de hecho no se ha repetido ninguno de los dos sucesos. Quizá vuelva a ocurrir: quizá de nuevo alguien coloque un retrete en el Reina Sofía, e incluso lo utilice públicamente en plan performance, y estalle la revolución anarquista en España. En ese caso, la conexión causal de que tratamos estaría más confirmada.

El caso es que estamos acostumbrados a pensar que el mundo en general, y el arte en particular, funcionan de maneras distintas o con ritmos diferentes. Y no nos atrevemos a interferir el mecanismo causal del mundo introduciendo entre las causas de sus acontecimientos aquéllas que han sido catalogadas por los sabios como ajenas al propio mundo. Y, entre estas últimas, está el arte.

[…]

Tal como estoy narrando las cosas, todo parece llevar a una solemne procelma que pida, exija, la vuelta al arte comprometido, al arte político, etc. Nada más lejos de mi intención: el compromiso es algo artificial, un invento sobrevenido que pone lo estético al servicio de intereses que pueden ser tan loables como detestables; también el intelectual comprometido es un constructo maquiavélico, igualmente el producto artificial de una alteración o una alienación del pensamiento. La palabra compromiso es sabia en castellano: estar en un compromiso es verse obligado a cumplir un ritual en el cual no se cree, verse en un compromiso o quedar comprometido es también someterse a una disciplina no querida e impuesta desde fuera casi como destino. Así se ve, de hecho, disciplinado, artificialmente obligado, el que se suele llamar arte comprometido o también el intelectual comprometido.

El hecho de que el mundo funcione mal y la constatación de que la lectura oficial pide que el arte tengo una historia diferente de la del mundo, es decir, esa separación que pretendía poner irónicamente en duda con la conexión de acontecimientos políticos y artísticos, me sirven simplemente para pedir una mirada sobre algo mucho más elemental: el hecho insultantemente obstinado de que todo es lo mismo. El arte es tan autónomo como heterónomo, tan independiente como inevitablemente cercano a todo lo que acontece. La supuesta autonomía, el desinterés estético, no es más que un postulado esencialista que busca la definición metafísica del arte como otros los han hecho con la política, el hombre o Dios. Pero desde que Dios ha muerto no esperamos esencias ni definiciones, y menos todavía en lo que ha escapado siempre a cualquier definición, a saber, el arte mismo. Es el mismo el hombre que pinta y corre, que escribe y vota, o que esculpe hoy para mañana ser enviado a un desembarco suicida por el individuo al cual ha votado. El mismo el que por la mañana lee con el desayuno que Juan Antonio Azic torturó a un niño de veinte días y después prepara su pintura para una exposición. Nada de compromiso artificial ni de arte político, y nada -menos todavía- de política como arte: simplemente individuos vivos que hacen y al hacer transgreden o transigen. Y en ese sentido afirmo que todo es política. Poco más. No hace falta más.

Fernando Rampérez

Publicado: septiembre 4, 2007 de smercados en General, preguntas sobre el arte, wittgenstein

¡Qué extraño sería que la lógica se ocupara de un lenguaje ‘ideal’ y no del nuestro!

Ludwig Wittgenstein