¿el arte, comprometido?

Publicado: abril 29, 2008 de smercados en General

En el año del Señor de 1917, en un siglo de infausto recuerdo, el artista Marcel Duchamp colocó un urinario en el centro de la sala de un museo y estalló la revolución soviética.

Este „y” no pretende suponer un matiz causal. En los libros de historia no suele encontrarse el hecho de que Marcel Duchamp colocase un urinario en la sala de un museo entre las causas de la revolución comunista. Pero me gustaría suponer, por un momento, que sí. Mientras un montón de críticos desesperados se hacía cruces en esa sala de museo de París, los bolcheviques, para su asombro (el de los críticos y el de los propios bolcheviques) tomaban el poder. Al fin y al cabo, las relaciones causales se establecen como simples hipótesis cada vez que dos acontecimientos suceden muy seguidos y varias veces. Nadie podrá refutar esta conexión afirmando que la relación urinario expuesto – revolución no se ha repetido, porque de hecho no se ha repetido ninguno de los dos sucesos. Quizá vuelva a ocurrir: quizá de nuevo alguien coloque un retrete en el Reina Sofía, e incluso lo utilice públicamente en plan performance, y estalle la revolución anarquista en España. En ese caso, la conexión causal de que tratamos estaría más confirmada.

El caso es que estamos acostumbrados a pensar que el mundo en general, y el arte en particular, funcionan de maneras distintas o con ritmos diferentes. Y no nos atrevemos a interferir el mecanismo causal del mundo introduciendo entre las causas de sus acontecimientos aquéllas que han sido catalogadas por los sabios como ajenas al propio mundo. Y, entre estas últimas, está el arte.

[…]

Tal como estoy narrando las cosas, todo parece llevar a una solemne procelma que pida, exija, la vuelta al arte comprometido, al arte político, etc. Nada más lejos de mi intención: el compromiso es algo artificial, un invento sobrevenido que pone lo estético al servicio de intereses que pueden ser tan loables como detestables; también el intelectual comprometido es un constructo maquiavélico, igualmente el producto artificial de una alteración o una alienación del pensamiento. La palabra compromiso es sabia en castellano: estar en un compromiso es verse obligado a cumplir un ritual en el cual no se cree, verse en un compromiso o quedar comprometido es también someterse a una disciplina no querida e impuesta desde fuera casi como destino. Así se ve, de hecho, disciplinado, artificialmente obligado, el que se suele llamar arte comprometido o también el intelectual comprometido.

El hecho de que el mundo funcione mal y la constatación de que la lectura oficial pide que el arte tengo una historia diferente de la del mundo, es decir, esa separación que pretendía poner irónicamente en duda con la conexión de acontecimientos políticos y artísticos, me sirven simplemente para pedir una mirada sobre algo mucho más elemental: el hecho insultantemente obstinado de que todo es lo mismo. El arte es tan autónomo como heterónomo, tan independiente como inevitablemente cercano a todo lo que acontece. La supuesta autonomía, el desinterés estético, no es más que un postulado esencialista que busca la definición metafísica del arte como otros los han hecho con la política, el hombre o Dios. Pero desde que Dios ha muerto no esperamos esencias ni definiciones, y menos todavía en lo que ha escapado siempre a cualquier definición, a saber, el arte mismo. Es el mismo el hombre que pinta y corre, que escribe y vota, o que esculpe hoy para mañana ser enviado a un desembarco suicida por el individuo al cual ha votado. El mismo el que por la mañana lee con el desayuno que Juan Antonio Azic torturó a un niño de veinte días y después prepara su pintura para una exposición. Nada de compromiso artificial ni de arte político, y nada -menos todavía- de política como arte: simplemente individuos vivos que hacen y al hacer transgreden o transigen. Y en ese sentido afirmo que todo es política. Poco más. No hace falta más.

Fernando Rampérez

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